Cuando oyes la palabra suegra, ¿Qué es lo primero que se te viene a la mente?
¿Una vieja endemoniada, metiche, bruja (literalmente hablando, santera, espiritista o algo peor), impertinente y maleducada que se encarga de hacerte quedar siempre como un imbécil delante de tu pareja?
O por el contrario, ¿Una viejecita dulce, siempre sonriente, especial y cariñosa que te ha adoptado como un hijo más de su camada?
Todo depende. ¿Verdad?
Quién esto escribe, despojado de toda modestia, tiene un amplio conocimiento acerca de este controvertido personaje, puesto que he vivido muy de cerca (y hasta en carne propia) no sólo esa extraña relación de amor/odio en la que a veces suele convertirse la convivencia con la suegra, sino que he escuchado mil y un cuentos acerca de viejecitas simpáticas y amorosas que se transforman, como Linda Blair en El Exorcista, una vez que adquieren el adjetivo de “suegra”.
